
Tras el telón de la valentía y empapada en su propia sombra, Srta. Dolor aguarda salir a escena.
Su mirada baja, apenas sostenida por el derroche y la estafa de la purpurina, no brilla.
Su rostro, agujero del alma, pálida ostentación desfigurada, exhibe su boca encadenada al fantasma de un beso muerto, que se seca.
Ropaje extravagante, el disimulo la antecede. No la viste, tan solo la desnuda.
Atrás, inmediatamente atrás su tristeza.
Obediente pesadez, gigantezca cautiva gris que llena sus espacios; compañera y carga.
Afuera, el circo de la vida las anuncia.
Srta. Dolor acerca su mano a su elefante y le dice casi en susurros: Vamos preciosa, aferrate a mi que vivir vale la pena!