
Comenzar con un etcétera, restablece mi posibilidad de
hallarte en un frasco lleno de anises estrellados,
reducirte en el correr onírico de cinco cortinas amarillas, componerte en la sinfonía biología de un coro de vecinas verrugosas, desmenuzarte en medio kilo de besos apilados, celebrarte en un acierto de mudanzas milagrosas y acabarte en la elegancia de un gruñido remordido.