Existe un muelle al borde de la taza, donde bocas piratas amarran sus labios por instantes, con el solo fin de robar de a traguitos sus mares contenidos.
Desordené todas las grafías de mis gestos para confundirte y que así no puedas leer lo mucho que me duele verte. Pero tú eres tan hábil en mi alfabeto, que en cuanto me acerqué me acariciaste en braille y te lo dije todo.
Mi nave cayó a pocos pasos al oeste frió de tu helado de chocolate. La causa, la maniobra de mi impulso por descubrir a que sabe la mezcla de tu lengua cacao con mi beso de pistacho. Aún, a años luz del accidente, continuo dulcemente aturdido.